Imaginarios para una ética docente

Por José Antonio Díaz Díaz Javier E. Marrero-Acosta 19 abril, 2021

Análisis. Por otra política educativa. Foro de Sevilla

"Hablamos de la cultura profesional, la responsable final de las interpretaciones de la normativa y su implementación práctica en forma de proyectos y práctica educativa. Es principio y final, antecedente y consecuente de la acción educativa, y requiere de adquisición y entrenamiento constante".

Tratar de describir la ética docente, no es tarea fácil. Ya porque se reclama poco, ya por equivocidad, ya porque no están claras ni sus fuentes, ni sus contenidos. La profesión carece de referencias organizativas que tengan la legitimidad de dictar las normas éticas del oficio. Y de ahí sus imaginarios.

En España, con datos del curso 19/20, se dedican a la docencia un total de 848.000 profesionales, unos 725.000 en la denominada educación no universitaria, y 123.000 enseñan e investigan en universidades. El alumnado atendido supera los 8.000.000 en la primera, y el 1.600.000 en la segunda. Las profesoras y alumnas son mayoría. De un modo general, lo que ocurre en educación afecta directamente a más de 11 millones de individuos, el 25% de la población y, por extensión, a sus familias.

Este es el escenario de la ética docente. Trataremos de abordar el significado de la expresión y sus usos, desde un enfoque analítico, por definición, apriorístico. Cabe distinguir tres perspectivas que podrían describir la fuente de la ética docente, sus procesos de conformación y su papel en la cultura profesional. Tal enfoque requiere algunas consideraciones previas sobre la escuela y la acción educativa que, dada la naturaleza del trabajo, serán descritas brevemente y que afectan a la ética docente.

La educación es, ante todo, una empresa ética en cuanto sus principios constitutivos. Se construye sobre valores, y educar, en su significado primigenio, es acción moral. La escuela es, primero, comunidad moral y, después, un consistorio de gremios de especialistas. Por otra parte, la maestra, el maestro es un práctico que explica su praxis, siendo el contenido de lo que enseña la relación entre reflexión y práctica. Uno de los grandes problemas de la escuela del siglo XXI es la brecha creciente entre lo que se le demanda y lo que esta puede y debe ofrecer. Este es, por consiguiente, un punto de inflexión a la hora de definir una ética docente. Además, debemos buscar y tender puentes que coadyuven a construir espacios de comunidad, lo que implica trabajar en la búsqueda de un lenguaje común y poner la ética por delante de la técnica y de la tecnología, como marco para vincular racionalidad y sentimiento, conocimiento y emoción, estética y ética. Por su parte, las sociedades abiertas requieren de un mínimo común cultural propio, una ética mínima. Esa ética común que debe ser enseñada de tal forma que el alumnado pueda entender y aprehender el mundo en el que vive. Y, por último, la educación integral del ser humano, el pleno desarrollo de la personalidad y la dignidad humana, enunciada en la DUDH y en las metas operativas de la Agenda 2030. Estas conforman el núcleo desde el cual se puede construir la ética mínima del siglo XXI.

Continúa leyendo en el Diario de la Educación.

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